No lo voy a negar, siempre dije que recorrería Europa cuando tuviera 60 años. Fue por ello que el hecho de emprender este inesperado viaje, me lo tomé muy a la ligera. Descargada de guías, de idea y cargada de prejuicios que equiparaban a la maravillosa Grecia con el resto de vecinos del continente al que pertenecemos políticamente, emprendí la marcha, dejándome llevar y pensando que un viaje así podía estar exento de aventuras.Cuanto me equivocaba.
La llegada al aeropuerto es siempre un momento especialmente emocionante. Vagar por las tiendas, observar a otros viajeros y hacer esa compra de elementos que servirán para posteriores viajes y que siempre te recordará a ese que ahora emprendes (el antifaz que me compre cuando viajé a Grecia) se convirtió hace bastante tiempo en algo más que una costumbre, en un ritual.
Ya desde el principio el viaje se antojó aventurero, tanto, como estar tomando un sandwich cuando escuchas el “last call” de tu vuelo, echas a correr, el travelator no funciona, el pasillo no se acaba nunca y por un segundo piensas que nunca llegarás a la maldita puerta de embarque.Tras mucho correr, mochila a la espalda, se llegó.Con el, de nuevo, prejuicio de que el avión sería un low cost patatero, me llevé la gran sorpresa que para sí quisiera Iberia aviones como los que utilizan la “Aegean Airlines” y su más que aceptable comida.
Fue en ese vuelo que tomé conciencia del que fuera el auténtica alma mater de este viaje. Se trataba de un chico, medio Español medio Griego, que se encaminaba por sexta vez a tierra Helenas, sabiendo máximo 30 palabras en griego y otras tantas en inglés. Sorprendentemente sus habilidades sociales, le habían procurado, desde vender una casa en Atenas hasta asistir a un Juicio por la partición de una herencia en Griego…todo un descubrimiento. Logró también tener amigos en Grecia, conocía las costumbres y era mucho más Griego que Español, como tuve oportunidad de comprobar a lo largo del viaje.
La pérdida de un ser querido le llevaba a viajar de nuevo a reencontrarse con sus raíces, reencuentro éste suyo, que me sirvió a mí para conocer la maravillosa Grecia de manos de un “peculiar autóctono” que sin duda suplió con creces la ausencia de una guía.

Al llegar a Atenas, todo fue fácil, coger un bus entre autóctonos e inmigrantes que nos llevaría a Plaza Syntagma.Una vez allí, en mitad de Atenas, este viajero, se decidió a llamar a un amigo que trabajaba cerca de la parada del bus.La llamada de teléfono fue del todo surrealista. Después de cuatro años sin verse, su amigo, antes de decirle hola, le invitó, con voz melosona, a dormir con él…JAJAJAJAJA, la cuestión se tornaba más intensa e interesante por momentos, así que me decidí a acompañarle a la Agencia de viajes donde trabajaba su amigo, que resultó ser todo un personaje:
De nombre Ulyses, 52 años, Drag Queen en sus años mozos, sobrado de noche y falto de compañía, tour operador en el presente, no me miraba con muy buenos ojos que digamos cuando llegué acompañando a su amigo. Aproveché mientras se saludaban para preguntar a varias señoras de la Agencia por rutas y alternativas para esos días, cuando Ulises propuso a este inesperado compañero de viaje que me lanzara por un puente colgante y se quedara con él.Una situación tan surrealista como cómica, que se planteó con tanta naturalidad, que nadie se sintió incomodado. Se prestó a localizarnos billetes de avión, confieso que no sabía exactamente para ir a donde, más que para ir a una isla, pero la situación era tan envolvente, que la verdad daba bastante igual a donde te enviara, había que vivirlo.Contactó con una agencia de alquiler de coches, donde gracias a él nos hicieron algo más que un buen precio.
Tras esta intensa visita, nos encaminamos a la Agencia “Kosmos” y fue allí donde vi al que a lo largo de todo el viaje pasó a denominarse “mi novio” Un griego al que decirle guapo sería poco, al que le sobraban 15 años y 15 kilos (así como una buena ducha, de esas de frotarse a conciencia) pero con una sutileza y una sensualidad gesticular, que hacía que se te olvidase completamente la roña que le rodeaba.
Fue ahí donde comenzó mi labor de sufrida intérprete, encantada por otra parte.
Tras coger el coche, llegar al Hotel fue toda una odisea.Tráfico, nos perdimos y fuimos a parar a los barrios obreros de Atenas, donde finalmente un repartidor de Pizzas que parecía recién salido de un College de Oxford por su dicción en Ingles, por fin nos orientó sobre como llegar.
La llegada al hotel se tornó en una autentica “odisea” y no como la de Homero precisamente. Uno de los expedicionarios, sufría una fuerte alergia al polvo y la habitación era de moqueta. Removimos Roma con Santiago, esperando una llamada de la central de reservas de España (Logitravel) que nunca llegó.Así que llegar al Hotel ducharnos e irnos fue todo un único acto.
Guiada por el nuevo compañero de viaje, la cena en el barrio de Anafiotika, bajo el Erecteión, con las cariátides de espaldas, y la torre de los vientos iluminada, con una hermosa luna llena mirando desde arriba, es una experiencia de por sí, que nadie debería perderse, pero hacerlo, frente a unos platos griegos imposibles de terminar, debería ser obligatorio.
Empecé a descubrir ahí que el “Jroña que Jroña”, que nos han vendido sobre el yogurt es una falacia más que cubre a Grecia.Nunca pensé en la posibilidad de comer pulpo al grill, pero aseguro que es uno de los bocados culinarios más sorprendentes y deliciosos que he probado a lo largo de mis viajes por el mundo.El pescadito frito, la crema de oliva, el aceite, el pan…Una orgia gastronómica de la que tuvimos que dejar en la mesa buena cantidad, acostumbrados a los grandes platos con poco contenido con el que nos engañan a los comensales españoles, y que ponía colofón a un divertido, inesperado y loco primer día de viaje.
Esto sólo fue el principio.
Enjoy.





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